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LA REVELACIÓN ORIGINARIA: LA RELIGIÓN EN LA EDAD DE LOS METALES (XV)

6.2.- Cartografía calcolítica del más allá. Desarrollo de la escatología.

  • 64.- El cielo y el infierno calcolíticos. El “juicio” y el “Libro de los muertos”.

Se ha dicho anteriormente que en el paleolítico no hay propiamente infierno y en el neolítico tampoco, que no hay nada parecido a un juicio y que la vida en el más allá no guarda especial relación con el tipo de vida de este mundo. Por otra parte, el más allá puede ser visitado y de hecho es visitado por el chamán para llevar a las almas al descanso y al orden propio de las almas en el más allá (MORN § 47). La vida está demasiado acoplada a los ritmos de la naturaleza, depende demasiado de ella y muy escasamente de las organizaciones y actividades humanas,

Ciertamente hay diferencias entre el más allá de unas y otras tribus de cazadores recolectores, y entre el de las diferentes culturas agrícolas[1],  pero no llegan a ser ámbitos en los que comparezca la interioridad humana oculta y profunda. No hay ninguna interioridad humana y profunda que tenga que comparecer, como no la hay en los niños en la infancia. Pero en las sociedades estatales urbanas empieza a ocurrir lo contrario

En las sociedades urbanas estatales, es decir, a partir del calcolítico, cuando el espíritu despierta y descubre los horizontes del ser, de la nada y del lenguaje, la vida intersubjetiva y la subjetiva se hace profunda, compleja y enigmática para el propio sujeto que la vive, y el más allá se dilata para albergar y hacer justicia a esta nueva intimidad.

Porque la justicia es el orden que la razón práctica necesita para legitimar, es decir, para considerar como aceptable, el universo de lo existente, para poder reconocerlo y para poder reconocerse en él. Cuando el espíritu despierta aporta consigo su propia ley como fundamento del actuar y del acontecer. La justicia es el logos de la voluntad, y ahora la divinidad tiene que conmensurarse con la nueva estatura del hombre, con la madurez de lo humano.

Si en el neolítico la religión se despliega como religión de la ley, de la acción y del pacto, es decir, como moral, en el calcolítico se despliega como manifestación de la interioridad que se posee a sí misma en el lenguaje, en el conocimiento y en el diálogo, es decir, se despliega como revelación, como manifestación de lo oculto, como religión del juicio.

Esa es la ayuda que prestan las oraciones del Libro de los muertos egipcio a los que inician su camino hacia el más allá.

“No he cometido ningún fraude con los hombres. No he atormentado a la viuda, no he mentido ante el tribunal. No he tenido mala fe. No he impuesto a un capataz más trabajo que el que debía hacer cada día.  No he sido negligente. No he estado ocioso. No he cometido sacrilegio. No he causado perjuicio al esclavo ante su señor. No he hecho pasar hambre. No he hecho llorar. No he matado. No he robado utensilios ni provisiones a los muertos. No he usurpado la tierra. No he quitado la leche de la boca de los lactantes. No he cortado un canal. ¡Soy puro! ¡Soy puro! ¡Soy puro! […] ¡Oh jueces! En este día de juicio supremo, conceded al difunto llegar a vos, ya que no ha pecado, no ha mentido ni hecho mal, antes bien vive de la verdad y se nutre de la justicia. Lo que ha hecho, los hombres lo saben y los dioses se congratulan por ello […] Su bica y sus dos manos son puras”[2].

Este libro, cuyo título los egiptólogos traducen como “Libro de la salida al día”​ o “Libro de la emergencia a la luz”, de mediados del segundo milenio AdC, recoge plegarias, confesiones y promesas de diferentes épocas, de las contenidas en el Libro de las pirámides, del tercer milenio, y de himnos y oraciones del siglo I AdC[3].

Esta plegaria, que se interpreta como una confesión general y un ritual de purificación, no puede imaginarse como dicha por algún miembro de una tribu de cazadores recolectores, y tampoco por un individuo de los asentamientos de Gobekli Tepe o Çatal Höyük de los milenios 10 u 8 AdC.

En cambio, no es difícil imaginarla en boca de los héroes homéricos, babilonios, hindúes o aztecas, e incluso no es muy difícil imaginarla como recitada por un individuo de las sociedades urbanas de los siglos XX y XXI.

A partir del tercer milenio aparecen los códigos, como se ha dicho, aparece una interioridad social y una intimidad personal, con una dependencia intersubjetiva, la bona fides, que no puede ser defraudada sin que peligre el fundamento y la existencia de la comunidad, de manera semejante a como ocurre en las sociedades democráticas del siglo XXI. Es la cooperación y solidaridad de la intimidad personal con la interioridad social lo que se clarifica y dilucida en el tránsito hacia el más allá.

En el calcolítico hay un más allá, el cielo y el infierno de las religiones abrahámicas, hindúes e iranias, donde la vida se gestiona según la razón práctica, con himnos y plegarias que hay que decir, cosas que hay que hacer, para asegurarse la vida, y un tipo de vida[4]. Mas tarde, en la antigüedad, es cuando tiene lugar la elaboración de ese más allá por parte de la razón teórica.

El más allá calcolítico tiene dos dimensiones, accesibles mediante dos tipos de culto. El más allá de los dioses y los héroes, a los que se refiere el culto oficial, estatal, es decir, público, y que da lugar al cielo, y el más allá de los difuntos de la propia familia, el más allá de los antepasados, a los que se reverencia y ayuda mediante un culto familiar, privado, que  da lugar a lo que se denomina el seol, el hades, y, finalmente, el infierno.  El mapa calcolítico de los mundos más allá de la muerte puede representarse mediante el siguiente esquema[5].

Las culturas de las sociedades urbanas estatales describen el tránsito al más allá mediante un complejo procedimiento que consiste en el esclarecimiento, ante uno mismo y ante toda la comunidad, de la verdad de la intimidad subjetiva y su relación con la interioridad social, con la verdad del sistema social. Este esclarecimiento de la verdad personal en sí, en relación con la divinidad y la comunidad, es lo que constituye el juicio del alma, el juicio final, que tienen una dimensión personal y otra comunitaria.  El juico da paso al tipo de vida que se va a tener en la eternidad, bien directamente, bien mediante un sistema de purificaciones, bien mediante una resurrección de los muertos.

 NOTAS

[1]  Cfr. Hulin, M., La face cachée du temps. L’ímaginaire de l’au-delà, Paris, Fayard, 1985; Minois, G., Historia de los infiernos, Barcelona: Paidós, 1994.

[2] Libro de los muertos, citado por Minois, G., op. cit., pp. 48-49.

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Libro_de_los_muertos

[4] Cfr. Atón-Pacheco, José A., “Infierno y Paraíso en el mazdeísmo y el maniqueísmo”,  en Choza, J. y Wolny, W., (eds.), Infierno y paraíso. El más allá en las tres culturas, Madrid, Biblioteca Nueva, 2004.

[5] Dibujo de B. Lang y J.F. Hurdle, en McDonnell, Colleen y Lang, Bernhard, Historia del cielo. De los autores bíblicos hasta nuestros días, Madrid: Taurus, 2001, pag. 59.

About the author

Jacinto Choza
Jacinto Choza

Jacinto Choza ha sido catedrático de Antropología filosófica de la Universidad de Sevilla, en la que actualmente es profesor emérito. Entre otras muchas instituciones, destaca su fundación de de la Sociedad Hispánica de Antropología Filosófica (SHAF) en 1996, Entre sus última publicaciones figuran Antropología y ética ante los retos de la biotecnología. Actas del V Congreso Internacional de Antropología filosófica, 2004 (ed.). Locura y realidad. Lectura psico-antropológica del Quijote, 2005. Danza de oriente y danza de occidente, 2006 (ed).

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